Amanece tronando y el diluvio universal parece que ha llegado. Noodles para desayunar y tirando para la calle a ver cosas que hay muchas ganas. Chubasquero, chanclas y a correr que, por suerte, la temperatura es buena y el agua de la lluvia resulta hasta calentita.
Tras caminar un rato bajo la lluvia, decidimos coger un taxi para irnos a una parte alejada de la ciudad con la intención de ver algunos templos curiosos. Conseguimos uno por fin y tenemos que entendernos con el taxista sacando la calculadora del móvil, su poco inglés y la falta de gran parte de la dentadura, no ayudaban mucho a la pronunciación, pero tirando de recursos, por fin lo conseguimos!
Terminamos en una gran pagoda, llena de muchos locales rezando, con un gran buda reclinado. Había mucho ambiente allí, gente rezando con varios monjes, gente comiendo en una especie de restaurantes improvisados dentro de la propia pagoda y un sinfín de niños corriendo. Importante descalzarse antes, ya sabemos. Lo que no entendíamos era su empeño en apartar nuestro calzado (unas simples chanclas) de el del resto de los locales. Esa vez hicimos caso, el resto del tiempo hemos pasado y según llegábamos las tirábamos en algún lugar de la entrada.
Después de visitar varias pagodas bajo una lluvia a veces intensa, otras débil, pero siempre sin parar de llover, terminamos en una avenida repleta de gente y puestos de comida. Había miles de personas peregrinando por aquella calle, subiendo hacia el templo y otros ya bajando, superando docenas de coches que se cruzaban con gente hasta los topes de un lado para otro. Un bonito caos mojado donde tenías que sortear algún charco que te podía llegar por las rodillas, o directamente riadas de agua con a saber qué, que salían de algunos de los laterales de aquella avenida. Resultaba que ya estábamos en la calle que conduce a la Shwedagon Pagoda, la más importante para todos los budistas birmanos, ya que contiene algunas reliquias de Buda, y además era la tan esperada fiesta budista de Thandingyut,el festival de las luces, donde toda la ciudad se viste con luces de una u otra manera. Una de las fiestas más importantes en Myanmar. Comprendimos perfectamente todo el gentío que había y la cantidad de luces que había por lsa fachadas de casas y edificios.
Con estos datos y procesados, continuamos dirección a la gran pagoda, mezclándonos con la gente, totalmente empapados y sin dejar de saludar a unos y otros. Llegamos por fin a la escaleras de la pagoda y tocaba descalzarse, y puedo asegurar que entre la cantidad de gente que había, los azulejos empapados en agua y descalzos, aquello se convirtió en un pequeño acto de fe funambulista. Subir escalones y más escalones con algún que otro resbalón, pasando por los miles de tenderetes con motivos religiosos, florales y algún que otro puesto de comida. A medio camino, cruzaba una carretera para que la gente más impedida pudiera llegar hasta arriba con alguna que otra facilidad y un guardia trataba de regular el paso entre los miles de viandantes que subían y bajaban, con las docenas de coches que se apostaban para cruzar y dejar a sus ocupantes. Finalmente llegamos arriba! pagando una entrada, eso sí, aquí los extranjeros tienen que pasar por caja sí o sí, al menos los que no tenemos los ojos rasgados, que es más evidente además de por la altura. Y mereció la pena subir, ver tanta gente comiendo, rezando, disfrutando de la familia. Todo el mundo trataba de ponerse bajo algún porche porque diluviaba de verdad. Aquello estaba lleno de paraguas miraras por donde miraras, pero el resultado era gracioso y que toda la humedad les subía por las faldas y final estábamos todos más o menos igual con paraguas que sin él, menos mal que por lo menos hacía calor! El suelo, arriba, todo lleno de azulejos o baldosas pulidas, tenía el mismo peligro que el de las escaleras de subida, así que despacito fuimos rodeando la pago, bastante grande, llena de estupas e imágenes de buda por cualquier lado que mirases. Lo mejor era ver la cara de felicidad de la gente, todo el mundo sonría, reía, comida y bebía, sin alcohol, por supuesto. Podías ver multitud de monjes entre la gente, totalmente empapados con sus atuendos narajas, granates, tirando a marrón.
Pasamos un tiempo paseando allí bajo la lluvia y decidimos bajar por otras escaleras por evitar la muchedumbre de la entrada, pero al final resultó ser que todas las escaleras estaban por el estilo. Ni recuerdo lo que tardamos en bajar, pero fue bastante tiempo. Resbalones y más resbalones, mucha gente, e ingluso alguna que otra escalera mecánica en algún tramo, fue lo que nos encontramos, hasta que casi llegando a la salida, una gran cantidad de gente se abalanzó sobre un grupo de personas que regalaban una bebida energética que estaba de promoción. Ya cogíamos las latas de los que repartían y se las pasábamos a los chavales que querían cogerlas, así por lo menos nos dejarían movernos un poco, lo que pasó es que no resultó ser así del todo, éramos incapaces de salir, y sumando lo de los resbalones, pensé que terminaría muriendo en aquellas escaleras bajo alguna lata de bebida energética, pero no fue así, aquí lo estoy contando por suerte. La verdad es que no fue para tanto, pero tenía que ponerle un toque trágico al asunto para hacerlo más vendible, eso sí, no recomiendo la situación a alguien que se agobie con aglomeraciones.
El día fue pasando y la lluvia no daba tregua, pero tampoco nos impidió ir aquí y allá, comiendo en puestos de la calle y disfrutando de la gente en su día de fiesta, no todos los días se puede ver este tipo de eventos.
Mañana ya toca hacer maleta y cambio de ciudad. Breve pero intenso, seguro que volveremos aquí antes de irnos del país.
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viernes, 20 de octubre de 2017
lunes, 30 de noviembre de 2015
Angkor y sentirse Indiana Jones
Llego a la ciudad de Siem Reap (Camboya), donde encuentro a pocos kilómetros la impresionante ciudad sagrada de Angkor, que alojó sucesivas capitales del imperio Jemer en las épocas de mayor esplendor. Es el enclave más turístico de toda Camboya y un paso obligado si visitas la zona, es la mayor concentración de templos que he visto en mi vida, algo que por mucho que te cuenten no aciertas a imaginar. La sensación de encontrarte allí, rodeado de ruinas tan antiguas (las primeras datan del 900 d.C.), más la sensación de respeto y religiosidad allí presente, hacen que sea mágico.
Llego allí en un tuk-tuk para recorrer las más lejanas, no sin antes pasar por la entrada principal para comprar la entrada de 3 días, te la piden prácticamente a la entrada de cualquier templo, entres por donde entres. El calor aprieta desde primera hora de la mañana y hordas de turistas llegados en autobús campan a sus anchas por los principales templos como Angkow Thom, Angkor Wat o Preah Khan. El tuk-tuk me lleva a ver Angkor Wat primeramente para luego dirigirnos a la zona más exterior, Banteay Srei. El momento en el que te encuentras frente a las puertas de Angkor, rodeado de todo aquello, es indescriptible. Es una imagen que has visto muchas veces en foto, de un sitio al que quieres deseas ir según ves aquella escena, y ahora soy yo el que está aquí delante. Flipando a cada paso que voy dando, descubriendo cada rincón de aquel templo, fijándome en cada detalle, cada escultura en la piedra, los textos de sánscrito grabados en las paredes,... podría pasarme el día entero allí pero quiero descubrir más templos, así que voy a buscar a mi tuk-tuk entre la vorágine de tuk-tuks, bicicletas, coches y autobuses.
Importante comprar agua, aunque por muy fría que me la dan, se calienta a los pocos minutos. Eso sí, no es que haya dejado mucho después del trago que le he metido. Son las 8.30 am y parece que lleva horas pegando el sol del calor que hace. Por fin encuentro al conductor de mi tuk-tuk y tiramos rumbo a los templos más alejados. Pasamos por un montón de pequeñas aldeas donde algunos niños que van al colegio nos saludan amablemente. Hacemos una parada en el museo de las minas antipersona. Es el museo de una organización que se dedica a quitar las minas sembradas por todo Camboya. La zona de los templos es relativamente segura, pero el resto del país es peligroso cuando te sales de los caminos trazados. Hay tal cantidad de zonas minadas sin marcar que todos los años mueren muchas personas o sufren algún tipo de discapacidad. Allí puedes ver el horror de las minas sembradas por todo el mundo, tipos de minas, países adheridos al tratado de no proliferación de minas y los que no, etc. El horror de las guerras muchos años después del fin de las mismas.
Llegamos a Banteay Srei por fin, un paseo muy agradable disfrutando de escenas típicas del campo camboyano. El tuk-tuk se queda a la puerta y me pongo a meterme por los rincones que veo, Cuanto más ves, más quieres, es curioso.
El día va avanzando entre calores y templos, me siento un poco Indiana Jones cada vez que me meto por las ruinas, es impresionante todo lo que hay por descubrir detrás de cada esquina. Hay muchos que prácticamente no tienen gente, están casi desiertos, y otros son los que se llevan la gran atención del público, sobre todo los que están metidos en el mini-tour que le llaman, para los que viajan express y quieren ver exclusivamente lo que se considera más importante. Templos de todo tipo, con muchas estructuras diferentes aunque ornamentalmente son muy parecidos por ser consagrados a las mismas deidades hinduistas como Shivá o Vishnú, que fueron el origen de la construcción de las edificaciones, aunque luego se fue dando paso a multitud de figuras de Buda por ser el budismo la religión predominante en la zona. Hay que tener en cuenta que Angkor fue creada por comerciantes indios que pasaban por esa zona durante varias semanas en su trasiego de India a Camboya y su regreso.
Las luces del atardecer me sorprenden en el templo de Bayón, donde puedo maravillarme con los rayos del sol tocando las enormes caras esculpidas en la piedras de las altas torres que lo coronan. Creo que ninguna fotografía de las que pueda hacer, podrá reflejar lo que realmente se ve en persona en ese momento, es una sensación de completa paz, tranquilidad, como aislado del mundo a pesar de la cantidad enorme de personas visitando dicho templo.
Terminada ya la jornada, entre sudores, cientos de fotografías y un sinfín de escaleras que he subido y bajado en los templos, llego a Siem Reap para descansar un poco, alquilar una bici y disponerme a ver el amanecer del día siguiente, me han dicho que es una maravilla verlo desde el templo de Angkor Wat, donde se puede ver reflejado en un pequeño lago, parte de los edificios del mismo. Así que ya que estoy ahí, qué narices! vamos a pegarnos el madrugón para ver esa maravilla.
Bici lista, mochila preparada, cenado... a dormir que las 4 am llegan muy pronto.
Llego allí en un tuk-tuk para recorrer las más lejanas, no sin antes pasar por la entrada principal para comprar la entrada de 3 días, te la piden prácticamente a la entrada de cualquier templo, entres por donde entres. El calor aprieta desde primera hora de la mañana y hordas de turistas llegados en autobús campan a sus anchas por los principales templos como Angkow Thom, Angkor Wat o Preah Khan. El tuk-tuk me lleva a ver Angkor Wat primeramente para luego dirigirnos a la zona más exterior, Banteay Srei. El momento en el que te encuentras frente a las puertas de Angkor, rodeado de todo aquello, es indescriptible. Es una imagen que has visto muchas veces en foto, de un sitio al que quieres deseas ir según ves aquella escena, y ahora soy yo el que está aquí delante. Flipando a cada paso que voy dando, descubriendo cada rincón de aquel templo, fijándome en cada detalle, cada escultura en la piedra, los textos de sánscrito grabados en las paredes,... podría pasarme el día entero allí pero quiero descubrir más templos, así que voy a buscar a mi tuk-tuk entre la vorágine de tuk-tuks, bicicletas, coches y autobuses.
Importante comprar agua, aunque por muy fría que me la dan, se calienta a los pocos minutos. Eso sí, no es que haya dejado mucho después del trago que le he metido. Son las 8.30 am y parece que lleva horas pegando el sol del calor que hace. Por fin encuentro al conductor de mi tuk-tuk y tiramos rumbo a los templos más alejados. Pasamos por un montón de pequeñas aldeas donde algunos niños que van al colegio nos saludan amablemente. Hacemos una parada en el museo de las minas antipersona. Es el museo de una organización que se dedica a quitar las minas sembradas por todo Camboya. La zona de los templos es relativamente segura, pero el resto del país es peligroso cuando te sales de los caminos trazados. Hay tal cantidad de zonas minadas sin marcar que todos los años mueren muchas personas o sufren algún tipo de discapacidad. Allí puedes ver el horror de las minas sembradas por todo el mundo, tipos de minas, países adheridos al tratado de no proliferación de minas y los que no, etc. El horror de las guerras muchos años después del fin de las mismas.
Llegamos a Banteay Srei por fin, un paseo muy agradable disfrutando de escenas típicas del campo camboyano. El tuk-tuk se queda a la puerta y me pongo a meterme por los rincones que veo, Cuanto más ves, más quieres, es curioso.
El día va avanzando entre calores y templos, me siento un poco Indiana Jones cada vez que me meto por las ruinas, es impresionante todo lo que hay por descubrir detrás de cada esquina. Hay muchos que prácticamente no tienen gente, están casi desiertos, y otros son los que se llevan la gran atención del público, sobre todo los que están metidos en el mini-tour que le llaman, para los que viajan express y quieren ver exclusivamente lo que se considera más importante. Templos de todo tipo, con muchas estructuras diferentes aunque ornamentalmente son muy parecidos por ser consagrados a las mismas deidades hinduistas como Shivá o Vishnú, que fueron el origen de la construcción de las edificaciones, aunque luego se fue dando paso a multitud de figuras de Buda por ser el budismo la religión predominante en la zona. Hay que tener en cuenta que Angkor fue creada por comerciantes indios que pasaban por esa zona durante varias semanas en su trasiego de India a Camboya y su regreso.
Las luces del atardecer me sorprenden en el templo de Bayón, donde puedo maravillarme con los rayos del sol tocando las enormes caras esculpidas en la piedras de las altas torres que lo coronan. Creo que ninguna fotografía de las que pueda hacer, podrá reflejar lo que realmente se ve en persona en ese momento, es una sensación de completa paz, tranquilidad, como aislado del mundo a pesar de la cantidad enorme de personas visitando dicho templo.
Terminada ya la jornada, entre sudores, cientos de fotografías y un sinfín de escaleras que he subido y bajado en los templos, llego a Siem Reap para descansar un poco, alquilar una bici y disponerme a ver el amanecer del día siguiente, me han dicho que es una maravilla verlo desde el templo de Angkor Wat, donde se puede ver reflejado en un pequeño lago, parte de los edificios del mismo. Así que ya que estoy ahí, qué narices! vamos a pegarnos el madrugón para ver esa maravilla.
Bici lista, mochila preparada, cenado... a dormir que las 4 am llegan muy pronto.
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