Otra vez desayuno con noodles y un sinfín de cosas, al final terminaremos rodando en lugar de andar. Listos y ya en el puesto de las motos eléctricas que para eso somos gente de palabra. Todo el día por un precio más que asequible, nos dieron nuestra flamante moto, un poco de probar los frenos (algo muy importante) y camino de nuestros primeros templos. Encaminados a Old Bagan por una de las principales vías, fuimos parando a izquierdas y derechas para ver algunos de la multitud de pagodas y estupas que nos fuimos encontrando por el camino, creo que es imposible verse todos. Nos íbamos encontrando con locales que trataban de hacer negocio en los templos, algunos muy tranquilos donde pensabas que no había nadie, pum! al girar una esquina te podías encontrar un tenderete con comida, pinturas o incluso libros. El famoso libro de George Orwell de Días de Birmania se puede encontrar en multitud de idiomas en muchos de los puestos de por aquí.
Plano en mano, íbamos orientándonos para tratar de ver los principales templos que teníamos en nuestra lista personal, cruzándonos con alguna que otra moto de occidentales tan despistados como nosotros y multitud de coches y camionetas tipo pickup abiertas, llenas de locales, de un lado para otro. Empezamos a llegar a las grandes pagodas o, al menos, las más señaladas. Llenas de turistas locales y grandes grupos de monjes budistas que paseaban por ellas, se sentaban a rezar o incluso posaban haciéndose fotos entre ellos. Es curioso cómo nos miraban a los occidentales, muchos no debían estar acostumbrados a cruzarse con nosotros. Tuvimos varias experiencias en el que nos pedían posar junto con ellos para hacerse fotos con nosotros. Un grupo de adolescentes nos paró y varias de las chicas se hicieron fotos con nosotros, con una mezcla entre vergüenza y risas. El momento cumbre fue cuando me pararon un par de monjes budistas jóvenes, con sus túnicas y sombrillas y sin hablar ni papa de inglés, me hicieron ver que querían una foto porque no paraban de enseñarme el móvil, y pensé que querían que les hiciera una foto a los dos monjes juntos, pero la realidad es que querían hacerse ellos una foto conmigo. Primero con uno, luego con otro y finalmente con los dos juntos. Todo entre risas y caras sonrientes. Me encanta la naturalidad y el buen rollo de esta gente.
El calor pega duro en la llanura de Bagán, así sudando la gota gorda lo mejor era buscar un sitio donde poder comprar agua fresca y eso hicimos. Tocaba descansar un poco porque entre el calor, el sol de justicia y los pies chamuscados de estar descalzos sobre algunos suelos que ardían, necesitábamos un pequeño respiro, todavía quedaba mucho por ver.
Reanudamos la marcha viendo más pagodas y estupas, haciendo fotos y más fotos. Nos empezamos a salir del circuito más turístico y nos adentramos por caminos que llevaban a templos más alejados y con mucha menos afluencia de gente. No teníamos presente lo de las serpientes pero, total, seguro que no íbamos a encontrar ninguna con el sol que había, mucho mejor estar a la sombrita bajo tierra. Terminamos en un camino nada concurrido que discurría por la parte trasera de un enorme campo de golf y una gran torre feísima supuestamente perteneciente a algún cuñado de un alto cargo del Gobierno, ya sabemos cómo van estas cosas. Al final llegamos a un camino grande después de estar más de 30 minutos sorteando charcos, pasando zonas arenosas donde uno se tenía que bajar, y sin parar de escuchar ruidos en la maleza según pasábamos de forma silenciosa con nuestra moto eléctrica.
La tarde iba cayendo y el sol con ella, nos fuimos a un templo donde se podía subir para ver el atardecer, pero resultó que no se podía acceder por rehabilitación debido al terremoto que sufrío aquella zona y dejó tantos templos deteriorados, así que nos fuimos a una especie de loma pequeña que había enfrente. La sorpresa fue que al llegar vimos como a 20 personas con cámaras profesionales o casi profesionales, con grandes objetivos y trípodes enormes apostados para captar la puesta de sol. Alucinábamos de cómo iba la gente de pertrechada. Los mosquitos nos asediaban porque a esas horas ya empiezan a tener ganas de sangre y el repelente nos parecía que servía de poco, la verdad. Embadurnados era poco. Vimos a un tipo que era una mezcla entre fotógrafo y ninja, tapado hasta las orejas y con una malla antibichos puesta en la cara, parecía llevar un traje nbq, más la malla y un gorro de explorador, un personaje. De pronto, alguien llega corriendo para coger su cámara del trípode y le siguen como diez de los fotógrafos, no sabíamos qué estaba ocurriendo pero debía ser algo interesante. Empezaron a bajar la loma y nos asomamos. Comenzamos a ver a un pastor que llevaba un rebaño de vacas y las estaba pastoreando. Se empezaron a escuchar disparos de fotografía como si estuvieran en modo repetición. Todas aquellas cámaras apostadas comenzaron a disparar sin parar, mientras algunos aguerridos fotógrafos se acercaban con precaución al ganado (manso no, lo siguiente). El más valiente, un fotógrafo italiano, llegó a acercarse a varios metros, nosotros alucinábamos porque parecía que esta gente no había visto un pastor con vacas en su vida. Nos dio la risa floja y no podíamos parar. La escena parecía sacada de un sketch de los Monty Phyton. Estuvimos un buen rato comentado la jugada imitando al bueno de Félix Rodríguez de la Fuente. Cuando nos cansamos ya de ver tanta chorrada, nos fuimos a un templo pequeño cercano donde vimos que se podía subir al techo para, ahora sí, ver el atardecer. Justo cuando íbamos por el camino, se nos cruzó un grupo de decenas de vacas y tuvimos que esperar unos minutos a que pasaran, si lo hubieran visto aquellos fotógrafos locos hubieran muerto de felicidad. Ver para creer.
Llegamos al templo, y subimos por un lateral, había solo una persona arriba, una chica suiza con la que estuvimos charlando un rato, estaba viajando por el sudeste asiático hacía poco tiempo y tenía pensado visitar más países cercanos. Finalmente, llegaron 4 o 5 personas más y esperamos ver ponerse el sol. Las nubes estaban bastante bajas así que la puesta no llegó a ser todo lo idílico que pretendía ser, pero el ambiente y el silencio le daban un toque de espiritualidad.
Después de aquello, enfilamos para el puesto de las motos. Nos adentramos por caminos tratando de acortar y la noche caía, la luz de la moto no daba para mucho y la batería de la misma ya empezaba a bajar. No es que estuviéramos muy ubicados en el mapa, MAPS.ME nos la jugó y no nos marcaba bien dónde estábamos, conseguimos llegar a una zona de granjas donde nos cruzamos con varios locales llevan animales y algunos carros y, finalmente, llegamos a la carretera principal, ya tendríamos que estar cerca o relativamente cerca. La luz de la moto no te dejaba ver mucho más de 2 o 3 metros y la batería baja en picado, ya me estaba viendo teniendo que llevar la moto andando con el frontal de luz en la cabeza. Cuando llegamos a la entrada de New Bagan ya estaba en 2 rayas de batería de las 6 o 7 que tenía, pero el puesto estaba a menos de un kilómetro. Respiro.
Dejamos la moto en perfecto estado, acordamos otra moto para el día siguiente y nos fuimos al hotel a disfrutar de la piscina como locos. Lo único malo de la piscina a esas horas es la cantidad de mosquitos que hay por los alrededores, es mejor quedarse dentro y eso hicimos. Después de un ratito de relax, ducha rápida y a buscar sitio nuevo para cenar, nos gusta ir cambiando para probar cosas o sitios.
Día de calor, sol, no atardecer y mucho beber líquido. Admiro a los locos que cogen por aquí una bici para ir a ver templos. O no ven muchos templos, o pierden vida en el intento. Nosotros al final nos hicimos como 50 km con esas condiciones climatológicas, no es un paseo, no.
Mostrando entradas con la etiqueta templos. Mostrar todas las entradas
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viernes, 27 de octubre de 2017
viernes, 20 de octubre de 2017
Lluvia y Fiesta
Amanece tronando y el diluvio universal parece que ha llegado. Noodles para desayunar y tirando para la calle a ver cosas que hay muchas ganas. Chubasquero, chanclas y a correr que, por suerte, la temperatura es buena y el agua de la lluvia resulta hasta calentita.
Tras caminar un rato bajo la lluvia, decidimos coger un taxi para irnos a una parte alejada de la ciudad con la intención de ver algunos templos curiosos. Conseguimos uno por fin y tenemos que entendernos con el taxista sacando la calculadora del móvil, su poco inglés y la falta de gran parte de la dentadura, no ayudaban mucho a la pronunciación, pero tirando de recursos, por fin lo conseguimos!
Terminamos en una gran pagoda, llena de muchos locales rezando, con un gran buda reclinado. Había mucho ambiente allí, gente rezando con varios monjes, gente comiendo en una especie de restaurantes improvisados dentro de la propia pagoda y un sinfín de niños corriendo. Importante descalzarse antes, ya sabemos. Lo que no entendíamos era su empeño en apartar nuestro calzado (unas simples chanclas) de el del resto de los locales. Esa vez hicimos caso, el resto del tiempo hemos pasado y según llegábamos las tirábamos en algún lugar de la entrada.
Después de visitar varias pagodas bajo una lluvia a veces intensa, otras débil, pero siempre sin parar de llover, terminamos en una avenida repleta de gente y puestos de comida. Había miles de personas peregrinando por aquella calle, subiendo hacia el templo y otros ya bajando, superando docenas de coches que se cruzaban con gente hasta los topes de un lado para otro. Un bonito caos mojado donde tenías que sortear algún charco que te podía llegar por las rodillas, o directamente riadas de agua con a saber qué, que salían de algunos de los laterales de aquella avenida. Resultaba que ya estábamos en la calle que conduce a la Shwedagon Pagoda, la más importante para todos los budistas birmanos, ya que contiene algunas reliquias de Buda, y además era la tan esperada fiesta budista de Thandingyut,el festival de las luces, donde toda la ciudad se viste con luces de una u otra manera. Una de las fiestas más importantes en Myanmar. Comprendimos perfectamente todo el gentío que había y la cantidad de luces que había por lsa fachadas de casas y edificios.
Con estos datos y procesados, continuamos dirección a la gran pagoda, mezclándonos con la gente, totalmente empapados y sin dejar de saludar a unos y otros. Llegamos por fin a la escaleras de la pagoda y tocaba descalzarse, y puedo asegurar que entre la cantidad de gente que había, los azulejos empapados en agua y descalzos, aquello se convirtió en un pequeño acto de fe funambulista. Subir escalones y más escalones con algún que otro resbalón, pasando por los miles de tenderetes con motivos religiosos, florales y algún que otro puesto de comida. A medio camino, cruzaba una carretera para que la gente más impedida pudiera llegar hasta arriba con alguna que otra facilidad y un guardia trataba de regular el paso entre los miles de viandantes que subían y bajaban, con las docenas de coches que se apostaban para cruzar y dejar a sus ocupantes. Finalmente llegamos arriba! pagando una entrada, eso sí, aquí los extranjeros tienen que pasar por caja sí o sí, al menos los que no tenemos los ojos rasgados, que es más evidente además de por la altura. Y mereció la pena subir, ver tanta gente comiendo, rezando, disfrutando de la familia. Todo el mundo trataba de ponerse bajo algún porche porque diluviaba de verdad. Aquello estaba lleno de paraguas miraras por donde miraras, pero el resultado era gracioso y que toda la humedad les subía por las faldas y final estábamos todos más o menos igual con paraguas que sin él, menos mal que por lo menos hacía calor! El suelo, arriba, todo lleno de azulejos o baldosas pulidas, tenía el mismo peligro que el de las escaleras de subida, así que despacito fuimos rodeando la pago, bastante grande, llena de estupas e imágenes de buda por cualquier lado que mirases. Lo mejor era ver la cara de felicidad de la gente, todo el mundo sonría, reía, comida y bebía, sin alcohol, por supuesto. Podías ver multitud de monjes entre la gente, totalmente empapados con sus atuendos narajas, granates, tirando a marrón.
Pasamos un tiempo paseando allí bajo la lluvia y decidimos bajar por otras escaleras por evitar la muchedumbre de la entrada, pero al final resultó ser que todas las escaleras estaban por el estilo. Ni recuerdo lo que tardamos en bajar, pero fue bastante tiempo. Resbalones y más resbalones, mucha gente, e ingluso alguna que otra escalera mecánica en algún tramo, fue lo que nos encontramos, hasta que casi llegando a la salida, una gran cantidad de gente se abalanzó sobre un grupo de personas que regalaban una bebida energética que estaba de promoción. Ya cogíamos las latas de los que repartían y se las pasábamos a los chavales que querían cogerlas, así por lo menos nos dejarían movernos un poco, lo que pasó es que no resultó ser así del todo, éramos incapaces de salir, y sumando lo de los resbalones, pensé que terminaría muriendo en aquellas escaleras bajo alguna lata de bebida energética, pero no fue así, aquí lo estoy contando por suerte. La verdad es que no fue para tanto, pero tenía que ponerle un toque trágico al asunto para hacerlo más vendible, eso sí, no recomiendo la situación a alguien que se agobie con aglomeraciones.
El día fue pasando y la lluvia no daba tregua, pero tampoco nos impidió ir aquí y allá, comiendo en puestos de la calle y disfrutando de la gente en su día de fiesta, no todos los días se puede ver este tipo de eventos.
Mañana ya toca hacer maleta y cambio de ciudad. Breve pero intenso, seguro que volveremos aquí antes de irnos del país.
Tras caminar un rato bajo la lluvia, decidimos coger un taxi para irnos a una parte alejada de la ciudad con la intención de ver algunos templos curiosos. Conseguimos uno por fin y tenemos que entendernos con el taxista sacando la calculadora del móvil, su poco inglés y la falta de gran parte de la dentadura, no ayudaban mucho a la pronunciación, pero tirando de recursos, por fin lo conseguimos!
Terminamos en una gran pagoda, llena de muchos locales rezando, con un gran buda reclinado. Había mucho ambiente allí, gente rezando con varios monjes, gente comiendo en una especie de restaurantes improvisados dentro de la propia pagoda y un sinfín de niños corriendo. Importante descalzarse antes, ya sabemos. Lo que no entendíamos era su empeño en apartar nuestro calzado (unas simples chanclas) de el del resto de los locales. Esa vez hicimos caso, el resto del tiempo hemos pasado y según llegábamos las tirábamos en algún lugar de la entrada.
Después de visitar varias pagodas bajo una lluvia a veces intensa, otras débil, pero siempre sin parar de llover, terminamos en una avenida repleta de gente y puestos de comida. Había miles de personas peregrinando por aquella calle, subiendo hacia el templo y otros ya bajando, superando docenas de coches que se cruzaban con gente hasta los topes de un lado para otro. Un bonito caos mojado donde tenías que sortear algún charco que te podía llegar por las rodillas, o directamente riadas de agua con a saber qué, que salían de algunos de los laterales de aquella avenida. Resultaba que ya estábamos en la calle que conduce a la Shwedagon Pagoda, la más importante para todos los budistas birmanos, ya que contiene algunas reliquias de Buda, y además era la tan esperada fiesta budista de Thandingyut,el festival de las luces, donde toda la ciudad se viste con luces de una u otra manera. Una de las fiestas más importantes en Myanmar. Comprendimos perfectamente todo el gentío que había y la cantidad de luces que había por lsa fachadas de casas y edificios.
Con estos datos y procesados, continuamos dirección a la gran pagoda, mezclándonos con la gente, totalmente empapados y sin dejar de saludar a unos y otros. Llegamos por fin a la escaleras de la pagoda y tocaba descalzarse, y puedo asegurar que entre la cantidad de gente que había, los azulejos empapados en agua y descalzos, aquello se convirtió en un pequeño acto de fe funambulista. Subir escalones y más escalones con algún que otro resbalón, pasando por los miles de tenderetes con motivos religiosos, florales y algún que otro puesto de comida. A medio camino, cruzaba una carretera para que la gente más impedida pudiera llegar hasta arriba con alguna que otra facilidad y un guardia trataba de regular el paso entre los miles de viandantes que subían y bajaban, con las docenas de coches que se apostaban para cruzar y dejar a sus ocupantes. Finalmente llegamos arriba! pagando una entrada, eso sí, aquí los extranjeros tienen que pasar por caja sí o sí, al menos los que no tenemos los ojos rasgados, que es más evidente además de por la altura. Y mereció la pena subir, ver tanta gente comiendo, rezando, disfrutando de la familia. Todo el mundo trataba de ponerse bajo algún porche porque diluviaba de verdad. Aquello estaba lleno de paraguas miraras por donde miraras, pero el resultado era gracioso y que toda la humedad les subía por las faldas y final estábamos todos más o menos igual con paraguas que sin él, menos mal que por lo menos hacía calor! El suelo, arriba, todo lleno de azulejos o baldosas pulidas, tenía el mismo peligro que el de las escaleras de subida, así que despacito fuimos rodeando la pago, bastante grande, llena de estupas e imágenes de buda por cualquier lado que mirases. Lo mejor era ver la cara de felicidad de la gente, todo el mundo sonría, reía, comida y bebía, sin alcohol, por supuesto. Podías ver multitud de monjes entre la gente, totalmente empapados con sus atuendos narajas, granates, tirando a marrón.
Pasamos un tiempo paseando allí bajo la lluvia y decidimos bajar por otras escaleras por evitar la muchedumbre de la entrada, pero al final resultó ser que todas las escaleras estaban por el estilo. Ni recuerdo lo que tardamos en bajar, pero fue bastante tiempo. Resbalones y más resbalones, mucha gente, e ingluso alguna que otra escalera mecánica en algún tramo, fue lo que nos encontramos, hasta que casi llegando a la salida, una gran cantidad de gente se abalanzó sobre un grupo de personas que regalaban una bebida energética que estaba de promoción. Ya cogíamos las latas de los que repartían y se las pasábamos a los chavales que querían cogerlas, así por lo menos nos dejarían movernos un poco, lo que pasó es que no resultó ser así del todo, éramos incapaces de salir, y sumando lo de los resbalones, pensé que terminaría muriendo en aquellas escaleras bajo alguna lata de bebida energética, pero no fue así, aquí lo estoy contando por suerte. La verdad es que no fue para tanto, pero tenía que ponerle un toque trágico al asunto para hacerlo más vendible, eso sí, no recomiendo la situación a alguien que se agobie con aglomeraciones.
El día fue pasando y la lluvia no daba tregua, pero tampoco nos impidió ir aquí y allá, comiendo en puestos de la calle y disfrutando de la gente en su día de fiesta, no todos los días se puede ver este tipo de eventos.
Mañana ya toca hacer maleta y cambio de ciudad. Breve pero intenso, seguro que volveremos aquí antes de irnos del país.
lunes, 30 de noviembre de 2015
Angkor y sentirse Indiana Jones
Llego a la ciudad de Siem Reap (Camboya), donde encuentro a pocos kilómetros la impresionante ciudad sagrada de Angkor, que alojó sucesivas capitales del imperio Jemer en las épocas de mayor esplendor. Es el enclave más turístico de toda Camboya y un paso obligado si visitas la zona, es la mayor concentración de templos que he visto en mi vida, algo que por mucho que te cuenten no aciertas a imaginar. La sensación de encontrarte allí, rodeado de ruinas tan antiguas (las primeras datan del 900 d.C.), más la sensación de respeto y religiosidad allí presente, hacen que sea mágico.
Llego allí en un tuk-tuk para recorrer las más lejanas, no sin antes pasar por la entrada principal para comprar la entrada de 3 días, te la piden prácticamente a la entrada de cualquier templo, entres por donde entres. El calor aprieta desde primera hora de la mañana y hordas de turistas llegados en autobús campan a sus anchas por los principales templos como Angkow Thom, Angkor Wat o Preah Khan. El tuk-tuk me lleva a ver Angkor Wat primeramente para luego dirigirnos a la zona más exterior, Banteay Srei. El momento en el que te encuentras frente a las puertas de Angkor, rodeado de todo aquello, es indescriptible. Es una imagen que has visto muchas veces en foto, de un sitio al que quieres deseas ir según ves aquella escena, y ahora soy yo el que está aquí delante. Flipando a cada paso que voy dando, descubriendo cada rincón de aquel templo, fijándome en cada detalle, cada escultura en la piedra, los textos de sánscrito grabados en las paredes,... podría pasarme el día entero allí pero quiero descubrir más templos, así que voy a buscar a mi tuk-tuk entre la vorágine de tuk-tuks, bicicletas, coches y autobuses.
Importante comprar agua, aunque por muy fría que me la dan, se calienta a los pocos minutos. Eso sí, no es que haya dejado mucho después del trago que le he metido. Son las 8.30 am y parece que lleva horas pegando el sol del calor que hace. Por fin encuentro al conductor de mi tuk-tuk y tiramos rumbo a los templos más alejados. Pasamos por un montón de pequeñas aldeas donde algunos niños que van al colegio nos saludan amablemente. Hacemos una parada en el museo de las minas antipersona. Es el museo de una organización que se dedica a quitar las minas sembradas por todo Camboya. La zona de los templos es relativamente segura, pero el resto del país es peligroso cuando te sales de los caminos trazados. Hay tal cantidad de zonas minadas sin marcar que todos los años mueren muchas personas o sufren algún tipo de discapacidad. Allí puedes ver el horror de las minas sembradas por todo el mundo, tipos de minas, países adheridos al tratado de no proliferación de minas y los que no, etc. El horror de las guerras muchos años después del fin de las mismas.
Llegamos a Banteay Srei por fin, un paseo muy agradable disfrutando de escenas típicas del campo camboyano. El tuk-tuk se queda a la puerta y me pongo a meterme por los rincones que veo, Cuanto más ves, más quieres, es curioso.
El día va avanzando entre calores y templos, me siento un poco Indiana Jones cada vez que me meto por las ruinas, es impresionante todo lo que hay por descubrir detrás de cada esquina. Hay muchos que prácticamente no tienen gente, están casi desiertos, y otros son los que se llevan la gran atención del público, sobre todo los que están metidos en el mini-tour que le llaman, para los que viajan express y quieren ver exclusivamente lo que se considera más importante. Templos de todo tipo, con muchas estructuras diferentes aunque ornamentalmente son muy parecidos por ser consagrados a las mismas deidades hinduistas como Shivá o Vishnú, que fueron el origen de la construcción de las edificaciones, aunque luego se fue dando paso a multitud de figuras de Buda por ser el budismo la religión predominante en la zona. Hay que tener en cuenta que Angkor fue creada por comerciantes indios que pasaban por esa zona durante varias semanas en su trasiego de India a Camboya y su regreso.
Las luces del atardecer me sorprenden en el templo de Bayón, donde puedo maravillarme con los rayos del sol tocando las enormes caras esculpidas en la piedras de las altas torres que lo coronan. Creo que ninguna fotografía de las que pueda hacer, podrá reflejar lo que realmente se ve en persona en ese momento, es una sensación de completa paz, tranquilidad, como aislado del mundo a pesar de la cantidad enorme de personas visitando dicho templo.
Terminada ya la jornada, entre sudores, cientos de fotografías y un sinfín de escaleras que he subido y bajado en los templos, llego a Siem Reap para descansar un poco, alquilar una bici y disponerme a ver el amanecer del día siguiente, me han dicho que es una maravilla verlo desde el templo de Angkor Wat, donde se puede ver reflejado en un pequeño lago, parte de los edificios del mismo. Así que ya que estoy ahí, qué narices! vamos a pegarnos el madrugón para ver esa maravilla.
Bici lista, mochila preparada, cenado... a dormir que las 4 am llegan muy pronto.
Llego allí en un tuk-tuk para recorrer las más lejanas, no sin antes pasar por la entrada principal para comprar la entrada de 3 días, te la piden prácticamente a la entrada de cualquier templo, entres por donde entres. El calor aprieta desde primera hora de la mañana y hordas de turistas llegados en autobús campan a sus anchas por los principales templos como Angkow Thom, Angkor Wat o Preah Khan. El tuk-tuk me lleva a ver Angkor Wat primeramente para luego dirigirnos a la zona más exterior, Banteay Srei. El momento en el que te encuentras frente a las puertas de Angkor, rodeado de todo aquello, es indescriptible. Es una imagen que has visto muchas veces en foto, de un sitio al que quieres deseas ir según ves aquella escena, y ahora soy yo el que está aquí delante. Flipando a cada paso que voy dando, descubriendo cada rincón de aquel templo, fijándome en cada detalle, cada escultura en la piedra, los textos de sánscrito grabados en las paredes,... podría pasarme el día entero allí pero quiero descubrir más templos, así que voy a buscar a mi tuk-tuk entre la vorágine de tuk-tuks, bicicletas, coches y autobuses.
Importante comprar agua, aunque por muy fría que me la dan, se calienta a los pocos minutos. Eso sí, no es que haya dejado mucho después del trago que le he metido. Son las 8.30 am y parece que lleva horas pegando el sol del calor que hace. Por fin encuentro al conductor de mi tuk-tuk y tiramos rumbo a los templos más alejados. Pasamos por un montón de pequeñas aldeas donde algunos niños que van al colegio nos saludan amablemente. Hacemos una parada en el museo de las minas antipersona. Es el museo de una organización que se dedica a quitar las minas sembradas por todo Camboya. La zona de los templos es relativamente segura, pero el resto del país es peligroso cuando te sales de los caminos trazados. Hay tal cantidad de zonas minadas sin marcar que todos los años mueren muchas personas o sufren algún tipo de discapacidad. Allí puedes ver el horror de las minas sembradas por todo el mundo, tipos de minas, países adheridos al tratado de no proliferación de minas y los que no, etc. El horror de las guerras muchos años después del fin de las mismas.
Llegamos a Banteay Srei por fin, un paseo muy agradable disfrutando de escenas típicas del campo camboyano. El tuk-tuk se queda a la puerta y me pongo a meterme por los rincones que veo, Cuanto más ves, más quieres, es curioso.
El día va avanzando entre calores y templos, me siento un poco Indiana Jones cada vez que me meto por las ruinas, es impresionante todo lo que hay por descubrir detrás de cada esquina. Hay muchos que prácticamente no tienen gente, están casi desiertos, y otros son los que se llevan la gran atención del público, sobre todo los que están metidos en el mini-tour que le llaman, para los que viajan express y quieren ver exclusivamente lo que se considera más importante. Templos de todo tipo, con muchas estructuras diferentes aunque ornamentalmente son muy parecidos por ser consagrados a las mismas deidades hinduistas como Shivá o Vishnú, que fueron el origen de la construcción de las edificaciones, aunque luego se fue dando paso a multitud de figuras de Buda por ser el budismo la religión predominante en la zona. Hay que tener en cuenta que Angkor fue creada por comerciantes indios que pasaban por esa zona durante varias semanas en su trasiego de India a Camboya y su regreso.
Las luces del atardecer me sorprenden en el templo de Bayón, donde puedo maravillarme con los rayos del sol tocando las enormes caras esculpidas en la piedras de las altas torres que lo coronan. Creo que ninguna fotografía de las que pueda hacer, podrá reflejar lo que realmente se ve en persona en ese momento, es una sensación de completa paz, tranquilidad, como aislado del mundo a pesar de la cantidad enorme de personas visitando dicho templo.
Terminada ya la jornada, entre sudores, cientos de fotografías y un sinfín de escaleras que he subido y bajado en los templos, llego a Siem Reap para descansar un poco, alquilar una bici y disponerme a ver el amanecer del día siguiente, me han dicho que es una maravilla verlo desde el templo de Angkor Wat, donde se puede ver reflejado en un pequeño lago, parte de los edificios del mismo. Así que ya que estoy ahí, qué narices! vamos a pegarnos el madrugón para ver esa maravilla.
Bici lista, mochila preparada, cenado... a dormir que las 4 am llegan muy pronto.
domingo, 22 de noviembre de 2015
La cultura y sus ruinas
Me dispongo a recorrer las ruinas de My Son, una zona en la
selva descubierta relativamente hace poco que sufrió muchos daños durante la
Guerra de Vietnam, allí se posicionó un tiempo el vietcong y los americanos
bombardearon durante mucho tiempo todo esa área.
Voy con guía, un ex militar reconvertido que explica que su
padre perteneció al vietcong y estuvo allí durante la guerra, pero por suerte
pudo volver con vida, y él nació al poco de regresar. Nos comenta que esa zona
está plagada de minas y que hay zonas cerradas al público, no es seguro moverse
solo por la selva, pero que poco a poco están limpiando toda la zona, es una
labor tediosa y lenta puesto que aunque las localicen, con las lluvias pueden
desplazarse de lugar, lo que no hace sencilla la labor de desactivación.
El recorrido es precioso, poder imaginar cómo era aquello en
su época más esplendorosa es increíble, con un sinfín de gentes de ir y venir
de los templos, plagado de mercaderes y gente rondando a los visitantes. Me
fijo en que todas las estatuas tienen la cabeza cortada y, resulta que, fue una
especie de afrenta de los franceses cuando llegaron a la zona contra la religión
de los locales y también un expolio encubierto, porque hoy en día se pueden ver
las cabezas en el Museo del Louvre. Cortaron todas excepto una que olvidaron,
que muestra con orgullo nuestro guía. Actualmente están tratando de reparar las
ruinas en una colaboración conjunta con franceses e italianos. Es curioso ver cómo
las reconstrucciones anteriores están prácticamente oscuras por el moho,
mientras que los ladrillos originales siguen en casi perfecto estado. La diferencia
es porque los originales utilizaban una argamasa con resina natural de los árboles
de los alrededores, y los más modernos utilizaban cemento, hasta que por fin se
han dado cuenta del error y tras investigar un tiempo, dieron con la fórmula de
los antiguos para restaurar como lo hacían en la antigüedad.
El paseo por la selva visitando templos es interesante, también
cansado y con un calor agotador, ese clima que parece que vives en una sauna
constante. Menos mal que la vuelta es en barco y corre un poco más el aire, así
también puedo ver el puerto de Hoy An de día, con sus embarcaciones pesqueras
tan curiosas con unos grandes ojos pintados en la proa que, según los locales,
es para dar miedo y poder ver bien el camino.
Aprovecho para visitar el famoso puente cerrado y disfrutar
del activo mercado, donde están todos los productos frescos del día. De hecho,
el pescado es tan fresco que puedes encontrar a alguna señora recogiendo alguno
del suelo por haber saltado del cubo con agua donde estaba. Salir de la masificación
y ajetreo de Hanoi está genial.
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